Porcinos, por sí y no

13/08/20

El debate sobre la posible instalación de megagranjas de porcinos metió a la sociedad argentina en una discusión que es mundial. ¿Con qué sistema alimentario global se sale de esta inmensa crisis sanitaria, económica, social y ambiental?

En este dilema podríamos estar jugándonos todo, el futuro del planeta y la humanidad. Algunos pretenden recuperar la economía apretando el acelerador, con la lógica expansionista de siempre, postergando la agenda ambiental, con más intensificación, consolidación y especialización de la producción. Otros creemos que es hora de crear un modelo productivo ecológico, de dejar de explotar la tierra, los animales y las personas, de empezar a considerar los intereses de todos.

En zafrán apoyamos el rumbo sustentable, que no nos parece “ambientalista” sino fundamentalmente ecológico, ya que justamente implica una lógica que no disocia los fines económicos de los sociales, los ambientales y los sanitarios. Se trata de salir caminando enteros, con la cabeza levantada y en todas nuestras dimensiones, sin subordinar una a todas las demás.

Para lograr este equilibrio necesitamos ejercitar la escucha empática y el diálogo democrático. Por eso, celebramos las ricas discusiones en torno al modelo productivo y los hábitos de consumo, que no se reducen a tratar de persuadir sino también a comprender las visiones complementarias de la realidad. Con honestidad intelectual, expondremos a continuación los argumentos que consideramos más fuertes de ambos lados de la polémica.

Porcinos, por un cero

En Argentina entramos al debate global como descubrimos el dulce de leche: por error. Todo comenzó a principios de julio cuando el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Nación anunció que «podríamos producir 9 millones de toneladas de carne porcina en el corto plazo con miras a abastecer al mercado Chino”. Quizás alguien exageró el logro. Quizás la confusión se generó por la equivalencia con 9 millones de cabezas de animales. Lo cierto es que el comunicado circuló con un cero de más. Un cero que multiplicaba por diez el alcance del proyecto. Un cero con forma de bomba que transformaba a la Argentina (que hoy produce 700 mil toneladas) en una fábrica de cerdos y encendía todas las alarmas. Ya con la agroindustria y soberanía alimentaria en el centro de la mesa, Cancillería salió a corregir el error. Resultó que el verdadero plan era aumentar la producción en 900 mil toneladas anuales, un número también significativo (más del doble de la producción actual) pero sin la fuerza para provocar tanto alboroto.

La aclaración nunca pudo frenar el petitorio de firmas de oposición de Change.org. Ni evitó la generación del documento titulado “No queremos transformarnos en una factoría de cerdos para China, ni en una fábrica de nuevas pandemias” firmado por periodistas, escritores, artistas, científicos, intelectuales y diversas organizaciones. Ni evito la discusión en el foro de «Producción de alimentos y ambiente» convocado por la organización ambientalista Eco House. Ni  tampoco la extensa cobertura periodística o el debate que incluso llegó al ámbito legislativo.

Porcinos, por sí

Quienes ven este acuerdo como una oportunidad de desarrollo ponderan los beneficios asociados. La instalación de las 25 megagranjas en el territorio nacional implican una gran inversión (3.500 millones de dólares de 2 a 3 años), la generación de empleo (9500 nuevos puestos de trabajo directos e indirectos) y el valor agregado a productos primarios como el maíz (pasar de soja que alimenta animales a vender carne congelada que vale diez veces más).

En relación, valoran el ingreso de divisas, el mejoramiento de los términos del intercambio con China, el desarrollo en zonas postergadas para evitar hacinamiento en grandes centros urbanos, la desojización  y la disponibilidad de nuevas tecnologías para los productores, entre otras ventajas.

El presidente de la Unión de Producciones Regionales Intensivas y de la Asociación de Pequeños y Medianos Productores Porcinos de la provincia de Buenos Aires, Alejandro Lamacchia, declara que “esta alianza estratégica permitirá un crecimiento rápido en una situación de postpandemia, generando un número importante de fuentes de trabajo”. En el mismo sentido opina, Juan Uccelli, consultor del sector y expresidente de la Asociación de Productores de Cerdos. “Quiero generar valor agregado para producir dólares para los argentinos. Comparo la pandemia con las últimas dos guerras mundiales cuando Argentina tuvo un crecimiento muy importante gracias a la producción y venta de alimentos. Esta es una opción genial para crecer como país y dejar de ser una buena idea. Si no, podemos seguir exportando soja y dependiendo de ella”, remata Uccelli.

Tanto Lamacchia como Ucelli desestiman los riesgos sanitarios. “No se le puede poner a todo la palabra ‘pandemia’, que genera pánico”. Deslizan que los temores a nuevos virus generados por esta producción porcina son un fantasma creado por “campañas ideológicas”. Explican que la peste porcina viene del jabalí silvestre, no de animales aglutinados y que no ataca al ser humano. Aseguran que existen muchos controles y tierras suficientes para garantizar la bioseguridad.

En el mismo sentido, Enrique Martínez, coordinador del Instituto para la Promoción Popular y exdirector del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), agrega que la idea de una posible nueva pandemia es una táctica para “deteriorar la imagen china” y “que Estados Unidos está detrás”. Martínez dice que ya hay granjas en  Argentina “lo suficientemente tecnificadas como para que no haya riesgo sanitario”. “Decir que no podemos hacer este proyecto sería como decir que no podemos producir ganado vacuno porque te puede correr un toro y clavarte los cuernos. Ningún país compraría carne con dudas bromatológicas. Si los chinos promueven una industria acá es para que les vendamos sano”, asegura. El riesgo no es el que se está objetando, sino que quede a cargo de dos o tres corporaciones”, agrega.

“China elige a Argentina (entre otros países) dado que presenta excelentes estándares sanitarios”, coincide el sociólogo Daniel Schteingart, director del Centro de Estudios para la Producción, dependiente del Ministerio de Desarrollo Productivo. Recuerda que de hecho hay países con producción porcina muy superior a la nuestra y «buenos estándares ambientales» que nunca han tenido problemas con esta actividad, como el caso de Dinamarca o Alemania. Daniel Schteingart es el autor en Twitter, del concepto de “ambientalismo falopa” –una especie de aguafuerte del que se opone a todo lo que huele a desarrollo por pensar sólo en el ambiente y no propone nada. “Actividades económicas a las que el ambientalismo falopa se opone: cerdos, ganadería, soja, maíz, hidroelectricidad, minería, energía eólica, solar y nuclear, petroquímica, hidrocarburos, forestal”, escribió en uno de sus tweets.

Consideramos que esta chicana vale porque sintetiza una de las preguntas frecuentes que se escucha en el debate sobre porcinos ¿Cómo proponen conseguir los dólares que nuestra economía necesita para funcionar, quienes rechazan este proyecto? ¿Qué alternativas realistas plantean? Claro que existen muchas…

Porcinos, por no

Quienes vemos este acuerdo como una falsa solución, “pan para hoy y hambre para mañana”,  advertimos que detrás del espejismo del crecimiento y los dólares rápidos se esconden muchos riesgos reales para el ecosistema, la salud y el bienestar. Al mismo tiempo sostenemos que lo que se presenta como nuevo no es más que más que el modelo que ya fracasó, el que enferma cuerpos, contamina territorios,  genera desigualdad, estancamiento económico y pandemias.

Una expresión más de “un modelo de agroindustria social y ambientalmente insustentable (gran escala, alto consumo de agua, contaminación de agua y suelos, olores nauseabundos, afectación de la calidad de vida, impactos sobre la salud de los trabajadores y la población aledaña); un modelo que tiene altos riesgos sanitarios (los virus zoonóticos y su alta contagiosidad, agravado en tiempos de pandemia); un modelo en clave de explotación animal (exacerbado por la crueldad y la gran escala), entre otros”, sintetiza la socióloga e investigadora del Conicet Maristella Svampa.

Silvia Vázquez, directora de Asuntos Ambientales de Cancillería y presidenta del Partido Verde señala antecedentes internacionales más cercanos a Dinamarca o Alemania. “Vale la pena prestar atención a la experiencia española, donde también hay granjas chinas. Se organizó un “gran levantamiento popular” con los médicos a la cabeza, quienes alertaron sobre el impacto en la salud de los trabajadores de los establecimientos. También hubo consecuencias económicas: “El negocio quedó concentrado en pocas manos, los pequeños y medianos productores comenzaron a verse afectados, a ser absorbidos por las macrogranjas que se convirtieron en fijadores de precios”.

Guillermo Folguera, doctor en biología e investigador del Conicet, agrega que los controles del Estado “son muy malos”, no “porque no se cumplan”, sino porque no son “protectores de la naturaleza y los cuerpos”. Prorizan “el negocio empresarial por sobre la salud”. “Aun cuando se mejoren esas normas y se cumplan me impresiona la no consideración de los riesgos. Se amparan en el progreso y la producción como garantía del bienestar colectivo. Estos chanchos van a estar al lado de la gente pobre. ¿Quién quiere vivir al lado de un chiquero?”, se pregunta. “Estamos viviendo una pandemia con origen zoonótico. Los factores que la favorecen son el hacinamiento de personas, animales e incluso la mala alimentación”, argumenta.

Soledad Barruti, periodista referente de la alimentación y autora del libro “Malcomidos”, complementa este argumento sanitario mencionando el tema de los desechos y tóxicos que generan millones de animales concentrados y mostrando estudios en los que se verificaron distintos tipos de enfermedades como irritación de ojos, nariz, garganta, tos, falta de aliento, entre otras, en poblaciones cercanas a granjas industriales en el resto del mundo.

Por el lado ambiental, preocupa especialmente el consumo de agua: 6.000 litros de agua por kilo de cerdo. «No solo exportamos carne, sino millones de litros de agua que nadie contabiliza en el proyecto, porque nadie los paga», aporta Barruti.

Por el lado económico del debate sobre porcinos , muchos sostienen que este tipo de agronegocios no han  mitigado el problema del hambre ni la pobreza, que crece sostenidamente en el mundo y en América Latina desde 2014. «Lo cierto es que el modelo extractivista que se implementó a gran escala en las últimas décadas sólo dejó pobreza, destrucción, saqueo y contaminación en el ambiente y las comunidades», aseguró el ex candidato a Presidente,  Del Caño, en el ámbito legislativo. Myriam Bregmann, diputada de izquierda, afirmó que «no queremos ser factoría porcina ni foco de pandemias. Nos quieren convertir en una granja de cerdos a gran escala, lo que en el país asiático implicó crisis sanitaria y crueldad animal».

También existen muchos argumentos éticos relacionados a la crueldad animal, como los relacionados al movimiento vegano.

El hecho positivo es el cambio de conciencia que hay en la gente: «Hay decisiones económicas que en otras épocas se hubiesen tomado sin que exista un debate previo, pero la creciente conciencia ciudadana hace que hoy eso ya no se permita«, concluyó Vazquez, presidenta del Partido Verde. Esta misma ciudadanía hoy exige mayor información y transparencia de las política públicas.

Por ci no sabías

¿Qué alternativas realistas existen a las megagranjas? Existen muchísimas ideas y propuestas concretas que, lejos de ser producto de mentes trasnochadas, tienen el aval de la FAO y la Organización Mundial de la Salud. Una de ellas es el desarrollo de la Agricultura Familiar y agroecológica, que viene demostrando éxito económico y social en la Argentina de la mano del Programa  Pro Huerta (https://www.zafran.com.ar/formacion/pro-huertainta-ministerio-de-desarrollo-social/).

El Green New Deal en EEUU deja en claro que no se trata de resignar la economía para priorizar lo ambiental, sino de mejorar en ambas dimensiones. En ese sentido presentaron planes para lograr un nivel cero de emisiones en 2050 y en paralelo aumentar el empleo. En el Parlamento Europeo (región que paradójicamente lidera la producción porcina)  las ideas alternativas también están articuladas en un plan a largo plazo y con metas vinculantes.

Por ejemplo, el mes pasado, la Comisión Europea en consonancia con el Pacto Verde Europeo, avanzaron en dos nuevas estrategias que se refuerzan entré sí y aúnan los intereses de la naturaleza, los agricultores, las empresas y los consumidores en pro de un futuro más sostenible.  La Estrategia sobre la Biodiversidad» tiene el foco en devolver la naturaleza a nuestras vidas revirtiendo la pérdida de biodiversidad, el uso insostenible del suelo y el mar, la sobreexplotación de los recursos naturales, la contaminación y las especies exóticas invasoras. La  Estrategia de la Granja a la Mesa pretende reformar el sistema alimentario para que sea más equitativo, proteja la seguridad alimentaria y garantice dietas sanas y respetuosas con un medio ambiente también sano.

 

Si quieren leer más sobre estas ideas les dejamos 3 artículos de este blog que las amplían y compartimos otros 3 links de terceros que consideramos interesantes para para seguir comprendiendo el camino alternativo.   

Agricultura familiar

Pacto Verde o Pandemonium

Pro «Pro Huerta»

https://ec.europa.eu/info/strategy/priorities-2019-2024/european-green-deal_es

http://revistaanfibia.com/cronica/la-resistencia-la-semilla/

https://www.revistacitrica.com/no-hay-comida-para-pobres-la-comida-es-una-sola.html

 

 

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