“En todas las cosas, la perfección se alcanza no cuando ya no queda nada por añadir, sino cuando ya no queda nada por retirar”, Antoine de Saint-Exupéry.

Let My People Go Surfing es la alucinante autobiografía de Yvon Choinard, un salvaje aventurero, amante de la naturaleza y de la vida, que se convirtió sin quererlo en un hombre de negocios diferente. También es la historia de la empresa que fundó, Patagonia, una marca de indumentaria técnica deportiva que la viene rompiendo en todo el mundo desde hace casi 50 años. No habla de alimentación, ni de los problemas de una pyme argentina. Pero ocupa un lugar muy especial en la biblioteca de Zafrán, cuatro estantes tupidos en el centro de nuestras oficinas de Villa Lynch. Sin dudas, es uno de esos libros capaces de marcar un antes y un después en la vida de una persona.

Su mensaje no sólo inspira a fanáticos del deporte al aire libre y activistas del medio ambiente sino también a todos aquellos que buscamos un capitalismo más consciente. La historia de Patagonia demuestra que hacer las cosas bien también puede un buen negocio, rentable y sustentable. Por eso tomamos prestadas sus ideas más esperanzadoras, para ir más allá de nuestros productos, para pensar junto a Yvon cómo son las cosas y cómo deberían ser.  

Yvon Choinard es un escalador y surfista que escribe como tal, con mucha energía, dejándose llevar con intuición y mirando todo desde una cima muy alta. Así empieza: “Hace casi 50 años que soy empresario. Para mí es tan difícil decir estas palabras como para algunos admitir que son alcohólicos o abogados. Yo nunca he respetado esta profesión. Las empresas y los negocios son los principales responsables de los atentados contra la naturaleza, la destrucción de los cultivos de los pueblos nativos, la explotación a los pobres para enriquecer a los ricos y el envenenamiento del planeta. Sin embargo, los negocios y las empresas también pueden producir alimentos, curar enfermedades, controlar la demografía, crear empleo y en general enriquecer nuestras vidas. Y todas estas cosas buenas, además de recoger beneficios, pueden hacerse sin necesidad de vender el alma al diablo”. De eso se trata este libro.

¿Puede alguien convertirse sin querer un empresario exitoso? ¿Cómo llegó Yvon Choinard a ser, sin proponérselo, un referente empresarial?  En 1957 se compró unas herramientas para hacer su propio material de escalada. Poco después, empezó a fabricar equipamiento con un amigo para vender a otros alpinistas, desde el baúl de su auto (era demasiado nómade para ser un emprendedor de garaje). Luego reinvertió sus ganancias en muchos más viajes de surf y alpinismo, que inevitablemente lo contactaron con muchos más potenciales clientes. Los siguientes movimientos fueron tan naturales como contratar más amigos para aumentar la producción. Y así, surfeando la ola de la vida, fue creciendo. De Choinard Equipment (primera empresa dedicada a material de escalada) se desprendió Patagonia como marca de ropa.  

“Como yo nunca había querido ser empresario, ahora necesitaba unas cuantas razones para serlo. Había una cosa que no quería cambiar, incluso aunque nos pusiéramos serios: el trabajo debía ser algo de lo que poder disfrutar a diario. Todos deseábamos poder venir a trabajar dispuestos a la acción y con ganas de subir las escaleras de dos en dos. Necesitábamos estar rodeados de amigos que pudieran vestirse como quisieran o ir descalzos. Necesitábamos también horarios flexibles para poder ir a hacer surf cuando las olas fueran buenas, o a esquiar la nieve en polvo después de una gran nevada, o quedarnos en casa si había que cuidar a un niño enfermo. Necesitábamos borrar los límites entre trabajo, juego y familia. Romper normas y lograr que funcione mi método de trabajo constituye una parte creativa de dirección y gestión que a mí me resulta especialmente satisfactoria, pero no lo hago sin estudiar antes”, cuenta Yvon Choinard.

Entonces se leyó muchos libros de modelos de negocios alternativos (a contra mano de la explotación humana y medio ambiental), sobre todo japoneses y escandinavos. Quería desafiar la sabiduría convencional, armar un experimento diferente de negocio responsable. Encontró pocas empresas donde mirarse. Una fue Espirit, de Doug Tompkins (¿recuerdan ese filántropo que donó tierras para parques nacionales de Argentina?). Patagonia avanzó por senderos poco explorados en aquél tiempo. En 1984 (¡hace 35 años!) empezó a hacer su catálogo en papel reciclado y a reciclar sus desechos. En 1986, decidió auto imponerse un tributo anual del 1% de las ventas o el 10% de los beneficios a causas ambientales. En 1988, apoyó la primera (de muchas) campaña ecológica, un plan para la desurbanización del valle de Yosemite. Entre 1980 y 1990, su facturación pasó de 20 millones de dólares a más de 100. Esto terminó enfrentándola, en 1991, a su primera gran crisis. Hasta ese día la compañía jamás había despedido a un solo empleado.

No te contaremos todo, porque la idea es que lo leas. Para este post alcanza con anticiparte que Patagonia superó el obstáculo y reafirmó sus valores. Hoy continúa avanzando con sus banderas de calidad, responsabilidad y menor daño posible, abrazando los cambios en lugar de resistiéndose, adoptando materiales reciclables de vanguardia y simplificando sus diseños hasta el extremo. Gracias a esto, su branding se limita a acompañar con transparencia, diciendo sólo lo importante, limitándose a  contar quiénes son de verdad. 

Por todo esto, Patagonia es hoy una de las empresas donde a Zafrán le encanta mirarse y tomar ideas. Compartimos muchos de sus valores. Queremos hacer las cosas bien, simplemente porque está bien. Nos sentimos parte de una historia trascendente y queremos dejar un mundo mejor (y un ejemplo inspirador) para nuestros bisnietos.

// Adónde comprar el libro: https://patagonia-ar.com/collections/libros?variant=7492472373296

// Otras notas de casos de triple impacto: https://www.zafran.com.ar/sin-categoria/guayaki-una-empresa-tres-veces-buena/

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